Él vio que lo dejaron solo

Los días sábados, visitaba los hospitales. Hablaba con los enfermos, de lo que ellos deseaban y si alguno quería que le leyera la Biblia, también lo hacía.

A ninguno le obligaba a recibir la “Palabra de Dios”, porque sabía que en la mayoría de los casos, no era eso lo que necesitaban.

Aquellas personas querían contar la historia de sus vidas, deseaban ser escuchadas sin interrupciones y sentirse acompañadas.

Una tarde fui a un hogar de ancianos, llegué para la hora de la merienda. Me presenté a los guardias de seguridad “Soy Sinda, de la Parroquia… ¿puedo pasar?“. Inmediatamente me dijeron que sí y agregaron “Hay muchos abuelos que hace meses no reciben visitas… pregunte por ellos a las enfermeras y le dirán quienes son”.

Eso hice y me aconsejaron subir un piso más, hasta la sala 126, donde había solo un señor muy delicado de salud.

Cuál es su nombre? – me dirigí a la empleada de limpieza, que en ese instante estaba retirándose de la habitación.

Se llama Elvio y no habla con nadie desde que sus hijos dejaron de venir. Y de esto ya hace un año. Una vergüenza. Se han cansado de llamarlos – agregó con fastidio – Inténtelo si quiere, pero a mí me parece que va a perder el tiempo…

Gracias… – le respondí en voz baja y caminé hacia su cama.

Permanecí unos cinco minutos a su lado, contemplándolo y tratando de escuchar, entre cada inhalación y exhalación suyas, lo que estaba soñando. Porque él dormía o eso era lo que parecía. Su rostro se mostraba serio, su frente fruncida, sus ojos apretados y su boca bien cerrada.

Recé en silencio por su salud y para que sintiera paz en su corazón. Recé hasta que mis buenos pensamientos fueron escuchados por mi creador.

Experimento una gran armonía cuando ésto sucede. Nada vuelve a ser igual. La luz se torna más intensa y el aire se vuelve fresco como si estuviéramos en el campo.

Era el momento de despertarlo.

Elvio… Elvio... – le susurré cerca de su oído y le acaricié su mano.

Elvio se sentó  en la cama, en un solo movimiento y con desesperación.

Me miró a los ojos, se me quedó mirando… hasta que la expresión de su rostro se relajó. No me conocía ni me recordaba, pero allí estaba, a su lado.

Soy Sinda… vine a visitarte… – y Elvio se abrazó a su almohada y lloró.

 

 

 

Sinda Miranda, Todos los Derechos Reservados

 

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Cuando los recuerdos son el camino para volver a casa

mibisabuela
Se había despertado muy temprano con la intención de darse rápidamente un baño y prepararle el desayuno a sus hijos. Los dos solteros, mayores de cincuenta años. Uno médico cirujano, el otro profesor de educación física.

Era una sorpresa la que tenía preparada y Casilda, el ama de llaves que vivía con ellos desde hacía más de 40 años; sabía que aquella mañana, debía aparecer por la cocina dos horas más tarde, para que doña María trabajara sola y tranquila. 

De pronto sintió que perdía el equilibrio. Se aferró con ambas manos a la bacha y allí permaneció casi petrificada, hasta que la encontraron.

Madre, estás en el baño?… – preguntó Eduardo desde afuera y al ver que ésta no le respondía, abrió la puerta y la vio: como una estatua, de pie y sujeta del mármol de la pileta.

El agua corría con fuerza salpicándole los dedos, ni siquiera había podido lavarse el rostro. Qué le estaba sucediendo? El espacio a su alrededor, era distinto. Un calendario con timer  se había activado ante sus ojos. Todo parecía ir hacia atrás. Sabía que su hijo estaba allí, pero no comprendía lo que él le decía.

Lo único que su cerebro le permitía hacer era: pestañar, respirar y relatar las imágenes que se sucedían una tras otra en su mente.

– Octavio! – llamó al hermano para que lo ayudara – Calma mamá, calma… todo va a estar bien. Ahora vamos ir al hospital para que te vean… – La alzó como a un bebé y corrió hacia la puerta de calle.

– Qué pasó? – le respondió Octavio asustado – Se descompuso?…

– Creo que es una ACV. Me voy al hospital, vos cerrá todo. Nos vemos allá.

– Bueno, bueno… Le aviso a Casilda y enseguida los alcanzamos.

Al mediodía, María ya estaba internada, con suero y medicación por vena. Sus dos hijos la acompañaban, uno a cada lado de la cama, sabiendo que no podían hacer nada más. El ama de llaves, la mano derecha de su madre, les daba fuerza; pero era inútil. Los médicos habían sido claros con el diagnóstico: el daño era irreversible y podría agravarse en las próximas horas.

– Padre nuestro que estás en el cielo… – rezaba a gran velocidad e intercalaba su oración con recuerdos de su vidaJulio! Julio! – llamaba a su difunto esposo – hoy cumple los años Margarita vendrá a cenar con su niña… decile a Casilda que prepare algo rico.

Margarita era la ahijada y hacía más de diez años que se había ido a vivir a Italia.

– Recuerdo ese día… – pensó en voz alta la casera.

– No hay manera de hacerla callar? – preguntó Octavio a su hermano – por qué no para de hablar? Está viajando hacia el pasado! no lo soporto más…

– Qué preguntas son esas? – respondió angustiado Eduardo – ¿No oíste lo que dijo el médico? Si te molesta escuchar a mamá, andate, no tenés nada que hacer acá.

– Va a hablar de la muerte de papá, de cuando perdió el negocio familiar, ya vas a ver, ya vas a ver… – Octavio sacudía la cabeza muy apenado.

– Vayan los dos a casa, yo me quedo con ella y si hay cambios los llamo… – Casilda intentó suavizar la situación, para evitar que los hermanos se peleen.

Las horas transcurrieron. Llegó la noche y doña María continuaba recordando sus memorias sin ningún signo de agotamiento físico.

Dónde dejé las llaves?… Por qué está todo tan oscuro? Se ha cortado la luz?… Mañana iremos a la peluquería a ponernos lindas las dos… Se había subido al árbol para agarrar cerezas, le dije que se bajara, pero me desobedeció… Otra noche que sale con ella y no me la presenta, cómo me voy a quedar tranquila, si no sé con quién anda mi hijo?… Me pondré el vestido azul para la graduación de Eduardo… Me siento tan sola sin él… Ha temblado o me parece a mí?… Qué haremos ahora, con todo lo que tenemos que pagar? Ojalá consiga un trabajo pronto… Gardel suena en la radio… qué lindo, vení Julio, bailemos!… Chicos, no se peleen! hay regalos para los dos!… Mi hermana vendrá a verme, ojalá me de la noticia de que se casa… El hijo de Gloria no volvió de Malvinas, era tan jóven, acababa de salir de la escuela… Papá, vas a ser abuelo por segunda vez… y María continuó narrando toda su vida, haciendo un resumen de lo que le había provocado cada lágrima y cada sonrisa; mientras Casilda la cariciaba y la miraba con amor – Cabeceó para invitarme a bailar y desde entonces jamás nos separamos… Hoy cosí el pantalón de papá y terminé de tejer a crochet, la carterita que le voy a regalar a mi madre en el día de su cumpleaños… Dejaron la leche en la puerta, puedo ir a buscarla yo?… Esas carrozas que pasan por la calle ¡qué miedo que me dan!… La vela que dejan encendida para mí, dibuja fantasmas en la pared de mi habitación… Quiero una hermanita, mami, por favor, una hermanita para jugar… Papá cuándo me vas a llevar a la plaza?… Mi perrito se comió mis zapatos… Mami, mami! – se incorporó sorpresivamente en la cama, Casilda intentó sujetarla para evitar que se cayera, aunque María la ignoraba y contemplaba la puerta – Viniste!… – exclamó sonriendo y estiró sus brazos como queriendo abrazarse a su invisible cuerpo – Mami… – susurró feliz y después, se fue con ella.

 

Sinda Miranda © Cuentos para Creer. Todos los Derechos Reservados