Los Animales Libres

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Los animales libres siguen corriendo.

Con sus patitas heridas o sin ellas, con problemas en la vista o de audición. Los animales libres siguen jugando.

El dolor físico como la tristeza (lo sienten, si; y lo viven, si) pero no los detiene.

Los animales libres carecen de alas para volar, pero la sola intención de conseguir algo que está por encima de ellos, les da el poderoso impulso para saltar.

Y saltan muy alto y también se trepan a alguna piedra o árbol, para alcanzarlo.

Entre ellos no se pisan, a menos que se estén peleando o compartiendo el alimento que han cazado o dándose un poco de amor. 

Los animales libres siguen su instinto natural, como las aves.

Seguir su instinto es… afrontar la vida tal como es, afrontarla a riesgo de perderla en la más mínima pasión.

Cuánto que hay que aprender de los animales libres!

Viven constantemente en el presente. En este instante.

Qué es el pasado para ellos?
El recuerdo del aroma de los que aman, mientras lo están olfateando.
El recuerdo de la voz humana que les habla o el ladrido de un perro o el maullido de un gato; en el preciso momento en que se está manifestando.

Los animales libres, no sufren de la desconocida enfermedad llamada “apego”, precisamente porque son libres por naturaleza.

Saben más que nosotros de su cuerpo y conocen todas las propiedades de las plantas sin que nadie les de cátedra.

Se curan así mismos, si pueden, y si no… ignoran la herida que tienen y continúan adelante, hasta que su iluminado cerebro empiece apagarse poco a poco, lentamente.

Nada les hace perder la alegría.

Lo trágico, intentan evitarlo mientras son jóvenes, sanos y poseen buenos reflejos.

Lo que para su hermano/a humano/a es invisible; para ellos, es parte de la vida. Los animales libres atienden con interés a lo que ven, sea diferente, raro, transparente o igual… y lo aceptan.

Su hermano/a humano/a los secuestra pagando o adoptándolos sin coste; para mantenerlos encerrados en sus hogares como arma de defensa ante el miedo irracional.

El gato se come a los ratones. El perro avisa ladrando ante una presencia desconocida y si está entrenado, la ataca.

Su hermano/a humano/a le necesita para enseñarle a los pequeños a cuidar de los demás.

Su hermano/a humano/a lo quiere en su cama, para dormir calentito/a.

Su hermano/a humano/a  precisa de sus sentidos para ver, oír y caminar.

Su hermano/a humano/a lo recibe como medicina natural para sanar.

Su hermano/a humano/a lo usa para combatir la soledad.

Su hermano/a humano/a lo entrena para que detecte drogas, bombas o dinero.

Su hermano/a humano/a le obliga a trabajar como personal de seguridad en fincas e inmuebles vacíos.

Su hermano/a humano/a lo lleva a los incendios o edificios derrumbados, para que encuentre gente con o sin vida.

Su hermano/a humano/a lo domestica para que olvide su instinto natural y dependa de el/la en cuanto a alimentación, abrigo y afecto.

 

El adiestramiento del tipo”Transgénico” , ha modificado la genética natural de los animales que antes eran libres.

Renuevo mi esperanza cada vez que veo a un gato o a un perro, antisocial; que no se deja agarrar ni tocar por sus hermanos/as humanos/as.

Renuevo mi esperanza cada vez que veo a uno de ellos, destrozar algo del lugar en el que le han obligado a vivir.

Renuevo mi esperanza cuando se revelan y nos enfrentan, al no estar de acuerdo con algún gesto o palabra nuestra.

Si tienes una mascota así junto a tí, déjala que SEA, déjala LIBRE y si quieres aprender lo que es el desapego, permítele PARTIR cuando ella te lo pida.

La primera vez que liberé a un animal, fue a mi perrito DUPY. Él llevaba meses pidiéndome con insistencia atravesar un terreno, al que yo temía entrar, porque sabía que detrás de su abundante vegetación (la cuál superaba mi estatura), vivían animales salvajes.

Dupy ladraba y tironeaba de su correa, tironeaba muy fuerte. Respiré profundo, me agaché para despedirme de él y luego, lo liberé.

Dupy cruzó corriendo la calle y penetró velozmente en aquella pequeña selva de ciudad.

Transcurrieron los meses y empezaron a llamarme por teléfono amigos y familiares, para comentarme que habían visto a Dupy de novio, a Dupy con sus cachorros, a Dupy flirteando a la mamá de sus cachorros…

Una noche, después de dos años sin volver a tener noticias suyas, caminaba yo hacia la radio, donde hacía mi programa “SIN PENSARLO”; cuando atravesó mi camino Dupy. Se acercó a saludarme y recorrió a mi lado las 10 cuadras que me faltaban para llegar a la emisora.

Pensé en ese momento “Si cuando salga de la radio, sigue aquí afuera, esta noche regresa conmigo a casa…”. Lo extrañaba tanto!

Y salí, ni bien acabó mi programa, Dupy ya no estaba. Y nunca más lo volví a ver.

Ya pasaron 19 años de ésto que les comparto…

Cuánto que tenemos que aprender de los animales libres!

Aprender especialmente a vivir en el presente, sin prejuicios, sin apego y sin miedo de saltar ni de correr ni de partir ni de volver… La vida está sucediendo en este momento y para disfrutarla y ser felices, hay que aprender fundamentalmente a ser libres y auténticos, como ellos.

Sinda Miranda

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Hasta que el Perdón nos separe

Desde la última discusión, nada había vuelto a ser igual.

Acostumbrada a retirar la ropa sucia, del bolso que se llevaba cada vez que tenía un partido de fútbol; una noche descubrió, que él, no había transpirado nada. Y eso que era de sudar mucho. Las medias y el pantalón, aún conservaban el aroma del suavizante que había utilizado al lavarlas el día anterior.

Durante la cena, permitió que en esa ocasión, él narrara el encuentro con sus amigos con la misma pasión de todos los viernes y mientras lo escuchaba, acordó con su corazón, controlarlo una vez más.

Transcurrió otra semana y nuevamente la ropa que se había llevado para cambiarse, la trajo limpia y planchada, tal como ella se la había colocado dentro de la mochila.

– Hoy jugaste mi amor? – se acercó a él y sin disimulo, le olfateó las axilas.

– Si… pero, que hacés?! – exclamó cuando ella en vez de besarlo como esperaba, le levantó un poco los brazos para olerlo.

– A mí no me engañás… – agarró el bolso con la ropa limpia y caminó hacia la cocina – en diez minutos sirvo la cena.

Clara pensaba preparar la lavadora igual, para no romper con el ritual que había comenzado seis meses atrás.

Necesitaba ignorar lo que había descubierto, una nueva infidelidad de su marido. Quién sería ahora la víctima? Porque ella no estaba dispuesta a ocupar ese lugar. Se había casado para toda la vida y a menos que él afrontara su problema, jamás le pediría el divorcio.

Lo amaba, pero su amor no era sano tampoco  y lo sabía.

De su madre y abuela había aprendido a soportar, todo lo malo que ocurriera. Por eso ellas estuvieron casadas hasta la muerte, dando la imagen de un matrimonio ejemplar, que todo lo perdona y lo supera. Haría lo mismo, aunque su corazón estuviera a punto de estallar del dolor.

Se ubicaron uno frente al otro en la mesa redonda. Cenaron en silencio, acompañándose con el televisor, que estaba encendido pero sin volumen.

– Clara… – pronunció su nombre cuando ella se puso de pie para recoger los platos – Puedo explicarlo… – y la sujetó de una de las muñecas – Por favor hablemos…

Clara quitó su mano con brusquedad, agarró los dos platos con sus cubiertos y los llevó al fregadero.

Creyendo que se le pasaría, finalizaron esa noche sin mediar palabra, durmiendo los dos en la misma cama, pero cada uno arrimado a su costado para no tocarse ni siquiera por debajo de las sábanas.

Al día siguiente alrededor de las doce del mediodía, suena el teléfono. Era tal el enojo que aún sentía, que no contestó. Y sonó una vez y dos y tres veces más. Estaba convencida de que Walter la llamaba desde su trabajo para disculparse.

Tocaron el timbre un sinfín de veces, golpearon a su puerta también, con gran insistencia; pero no quiso recibir ni atender a nadie.

Le dejaron una nota, que rompió sin leer; y al anochecer, Walter entró en la casa sin hacer ruido.

Fue toda una sorpresa para ella encontrarlo en el sofá del living escuchando música clásica.

Así lo veía desde la cocina: pálido, triste, con la misma ropa del día anterior que seguramente ahora sí olía a sudor.

– No se la lavaré… – pensó y fue por dos platos, dos pares de cubiertos y dos vasos hasta la cocina. Puso la mesa y a los diez minutos sirvió la cena.

La vida continuaba en esa familia y lo hacía sin diálogo, sin caricias, en una profunda soledad. Desayunaban juntos, comían juntos, cenaban juntos… Pero a veces Walter no comía ni bebía. Su café se enfriaba y su comida quedaba completa en el plato. Un día, una semana, un mes… Todo era muy extraño y él estaba cada vez más pálido, más transparente.

– Se habrá enfermado? – pensaba. Y esa era la manera en que Clara se comunicaba con él: pensando.

– No estoy enfermo… – una voz diferente a la suya, le contestó dentro de su cabeza.

– Voy a volverme loca con tanto silencio… – dijo y después subió el volumen del televisor.

Walter la contemplaba desde el otro lado de la sala. “Perdoname mi amor…” le decía cada vez que pasaba cerca de él; porque Clara iba y venía, limpiando los muebles, barriendo, cambiando adornos y cuadros de lugar o acomodando las cosas que ella misma desordenaba.Y cuando se encontraba a escasos centímetros de él, Walter trataba de tocarle el hombro, la espalda, el cabello… pero lo desanimaba la idea de sentirse despreciado.

– Perdoname por favor… – dijo con más fuerza y entonces su mujer se detuvo en cuanto lo escuchó – Perdoname… – repitió de nuevo. Clara se volvió hacia él y lo miró.

Estaba distinto. Muy cambiado. La presbicia que padecía le provocaba una visión borrosa y doble. Sacó las gafas que llevaba en uno de los bolsillos del delantal y luego de ponérselas, se aproximó hacia su rostro para verlo mejor.

Su marido lucía un aspecto diferente. Parecía un personaje de ciencia ficción, un dibujo en blanco y negro, casi invisible y portando un halo luminoso a su alrededor.

– Te perdono… – le respondió Clara con los ojos llenos de lágrimas.

Walter le regaló su última sonrisa y desapareció.

 

Sinda Miranda © Cuentos para Creer. Todos los Derechos Reservados