Un ángel me acompañaba y no lo sabía…

Luis

Luis

Y cuidé de Luis durante 5 meses.

Todas las tardes después de almorzar iba a su casa para estar con él, acompañarlo a hacer las compras,  tomar un café con su novia o caminar.

Luis vivía con la nieta, una joven increíble que había decidido hacerse cargo de su abuelo, ante la indiferencia del hijo, su propio padre; con el que habían dejado de hablarse hacía tiempo.

Qué tipos de problemas dividen a una familia? Los mismos por los que muchos matrimonios llevan una vida de pena. Los problemas económicos derivados de herencias, ingresos injustos, gastos excesivos, etc.

Bea amaba a su abuelo y yo también aprendí a quererlo.

Cuando finalizaba mi horario, él permanecía mirándome por la ventana hasta que me veía desaparecer en aquella calle que conducía a un puente, el puente que comunica Moreda con El Llano, en el municipio de Gijón (Asturias).

Luis sufría silicosis y otros problemitas serios de salud. Había sido minero y no sabía leer ni escribir.

Una vez le pregunté ¿Cómo hacía para votar, cuando habían elecciones? Luis me respondió: “busco la imagen de la florcita y luego la deposito en la urna”.

Cuando falleció, yo estaba presente.

Incluso cuando los órganos de su cuerpo comenzaron a apagarse, él ya se encontraba de pie a mi lado… observándose, con mucha paz y lleno de luz.

Aunque nunca hablamos de eso, siento que Luis creía en el más allá.

Llamá a mi nieta y decile que estoy agonizando… – me dijo, luego de escuchar mi conversación con los médicos, los cuales insistían que aún no era el tiempo ni el momento – Estoy agonizando… – me repitió como una orden. Entonces salí de la habitación y me puse en contacto con el esposo de Bea. Le enconmendé a él la tarea de darle la triste noticia.

– Vengan a despedirse, Luis está agonizando… Los médicos dicen que no, pero … yo lo estoy viendo con mis propios ojos, Luis se está yendo…  – Luis ya estaba afuera de su cuerpo, sin sentir ninguna clase de dolor y “respirando” con normalidad.

Vamos para allá Sinda, gracias por todo.

Luis y Sinda

Luis y Sinda

Y llegó la familia, los que durante muchos años habían estado incomunicados, entraban y salían de la habitación de Luis, aunque sin hablarse.

Pero Luis no se iba, faltaba alguien… su novia. Una abuelita muy mayor, de apariencia humilde y pobre. La mujer con la que tomaba a escondidas y con mi complicidad, el cafecito todas las tardes.

Siempre pasa que cuando un abuelo rehace su vida a edad muy avanzada, la familia en lo primero que piensa es que le están robando el dinero. En este caso no era así. Y si algo le robaban a Luis, era la soledad y la tristeza de su alma.

Aquella abuelita lo hacía sonreír y era la motivación que él necesitaba para despertarse cada día.

Ella entró cuando toda la familia estaba reunida alrededor de la cama de Luis. Y fue en ese instante, cuando él, luego de verla, decidió cortar el cordón de plata que lo había mantenido unido a su cuerpo.

Llanto, pesar, dolor. Uno a uno besaban su frente y luego salían de la habitación. La última en hacerlo fui yo, pero antes de permitir que los médicos se lo llevaran, Luis me dió unas instrucciones que inmediatamente cumplí.

Pasaron los meses, y yo conseguí otro trabajo; también de cuidadora de ancianos, a los que les tenía que preparar la merienda, darles las medicinas, asearlos y si estaban acostados las 24 horas, procurar de cambiarles siempre la posición, para evitar la aparición de llagas en la piel.

Una tarde, cuando terminé de asear a una abuelita, me senté a su lado en la cama para charlar un rato con ella.

Su hija, que me escuchaba desde la cocina exclamó: “No le hagas mucho caso porque delira, dice incoherencias…”.

Evité responderle y reanudé mi conversación con Antonia, que parecía bastante animada aunque un poco rara, porque de vez en cuando, miraba hacia mi hombro derecho y fruncía su frente como intentando comprender o ver mejor.

Quién es ese hombre mayor que viene siempre con usted? – me preguntó de la nada.

Dónde está ese hombre? – Le consulté, ya que yo no veía a ninguno conmigo – Ahí, detrás de su hombro derecho. Se asoma y me saluda con la mano, también me sonríe! Es un atrevido!

Descríbamelo por favor, que yo no puedo verlo…

Y me describió a Luis, con la misma ropa que llevaba el último día que lo vi, en el Hospital de Jove en Gijón.

 

 

de la autobiografía de Sinda Miranda, su cuarto libro. Todos los Derechos Reservados.

 

El taxista que veía en mí, el rostro de su mujer

taxiContaba yo con unos 25 años de edad. Estaba muy cansada y deseaba regresar a mi casa rápido. Así que me tomé un taxi. Era de noche, los ojos se me cerraban. Cero conversación con el taxista. Normalmente, la mayoría de los choferes intentan mantener una charla; en mi caso, que amo el silencio, preferí mirar por la ventana y volar con el pensamiento hacia el lugar donde quería estar: mi cama.

Faltaban apenas unas cuadras para llegar. Llovía copiosamente. El taxista bajó el volumen de la radio y con una voz triste, intentó sacarme de mi meditación contemplativa.

Disculpe, ¿puedo comentarle algo? – giré mi rostro hacia su espejo retrovisor, para mirarlo a los ojos que allí se reflejaban – Es importante para mí, usted discúlpeme…

Por supuesto, qué quiere comentarme? – le respondí con interés, porque su tristeza era demasiado visible y lo percibía muy honesto. Detuvo el taxi a mitad de la calzada en doble fila y puso la baliza.

Usted es igual a mi difunta esposa. Es igual! – dijo con desesperación – Cuando me hizo señas para subirse, creí que estaba viendo a un fantasma! Y aún sigo creyendo que usted es ella, porque tiene su rostro, su mismo rostro! – Lamenté no haber tenido un espejo dentro de mi cartera, para ver cuál era mi imagen en ese momento. – Le vuelvo a pedir perdón, pero si esto me ha sucedido es porque yo, de alguna manera lo he provocado. Le he estado rezando a ella, para que me ayudara a tomar una decisión y creo que usted, ha sido la respuesta a mis súplicas. Dios me ha dado la oportunidad de hablar con mi esposa, a través suyo.

Un rayo blanco y helado recorrió mi columna vertebral desde la coronilla hasta los dedos de los pies. Sentí como mi cuerpo continuaba su transformación energética, para hacer posible algo a lo que muchos humanos no acceden, por desconocimiento o por temor.

Quién era yo en ese momento? Nadie más que el taxista podía saberlo.

Qué es lo que desea preguntarme? – le interrogué consciente y sin tutearlo, para que él mantuviera “la duda” y en el futuro le costara compartir la experiencia que estaba viviendo.

Como sabrás amor mío, hace un año y medio que conocí a otra mujer. Es maravillosa, me hace sentir muy bien y hasta a veces, olvidarte… Siento culpa cuando caigo en la cuenta de que te olvido. Te prometí amarte siempre, y lo seguiré haciendo…. Pero ella, hace desaparecer la tristeza que me provoca tu ausencia… el dolor que me producen los recuerdos de tus últimos meses a mi lado y aquella enfermedad, sufriste tanto!… – el taxista rompió en llanto.

Estoy bien. No siento ningún dolor. Verte feliz, me hace feliz también a mí. 

De verdad? Porque lo que yo quería preguntarte es si estás de acuerdo con que ella se venga a vivir conmigo a casa… y ocupe todos los espacios que vos dejaste vacíos.

Claro que sí! Es lo que deseo! Que te olvides un poco de mí! Que sigas adelante con tu vida! Que seas feliz!

– Gracias, gracias, gracias Dios! Gracias mi amor! Necesitaba tu autorización! Ahora me siento libre! Gracias! Gracias!!! Gracias!!! Siempre te amaré!!!!

Le retiré suavemente la mirada e hice silencio, para regresar al momento, en el que contemplaba a la lluvia golpeando contra el cristal del taxi.

Cuando volví a ser Sinda, el chofer puso en marcha el coche y condujo hasta la puerta de mi casa.

A mitad de cuadra, en ese portal iluminado, me bajo… – le indiqué.

Gracias… – repitió una vez más.

Luego de abonarle el viaje, descendí del taxi y desaparecí rápidamente detrás de la puerta que se cerraba.

 

 

de la autobiografía de Sinda Miranda, su cuarto libro, aún sin título. Todos los Derechos Reservados.