La armadura de la luz

“Vistámonos con la armadura de la luz” (Rm 13,12b)

Ahora en París, antes en tu barrio, en la esquina de tu casa y dentro de ella… la primera vez.

Acaso lo que está sucediendo en París, no es la materialización de lo que algunos desequilibrados, han diseñado en el lugar más oscuro de sus mentes?

No se trata ya de Dios ni del petróleo ni del dinero. Tampoco de la industria farmacéutica ni del agua ni de Monsanto. Van por los más débiles: Por nosotros, los que aún creemos en el Amor y confiamos en la humanidad inocentemente. Quieren manifestarnos su poder, controlar nuestras vidas y llevarnos a su infierno de la mano.

Para estar a salvo, deberemos revestirnos de una vez por todas, con la armadura de la luz… Y no lo sugiero yo, sino otras personas que atravesaron un apocalipsis diferente, hace más de dos mil años.

“Luz, luz, luz… del alma”…
Letra | Video – Canción: Par Mil (Divididos)

Sinda Miranda

Él vio que lo dejaron solo

Los días sábados, visitaba los hospitales. Hablaba con los enfermos, de lo que ellos deseaban y si alguno quería que le leyera la Biblia, también lo hacía.

A ninguno le obligaba a recibir la “Palabra de Dios”, porque sabía que en la mayoría de los casos, no era eso lo que necesitaban.

Aquellas personas querían contar la historia de sus vidas, deseaban ser escuchadas sin interrupciones y sentirse acompañadas.

Una tarde fui a un hogar de ancianos, llegué para la hora de la merienda. Me presenté a los guardias de seguridad “Soy Sinda, de la Parroquia… ¿puedo pasar?“. Inmediatamente me dijeron que sí y agregaron “Hay muchos abuelos que hace meses no reciben visitas… pregunte por ellos a las enfermeras y le dirán quienes son”.

Eso hice y me aconsejaron subir un piso más, hasta la sala 126, donde había solo un señor muy delicado de salud.

Cuál es su nombre? – me dirigí a la empleada de limpieza, que en ese instante estaba retirándose de la habitación.

Se llama Elvio y no habla con nadie desde que sus hijos dejaron de venir. Y de esto ya hace un año. Una vergüenza. Se han cansado de llamarlos – agregó con fastidio – Inténtelo si quiere, pero a mí me parece que va a perder el tiempo…

Gracias… – le respondí en voz baja y caminé hacia su cama.

Permanecí unos cinco minutos a su lado, contemplándolo y tratando de escuchar, entre cada inhalación y exhalación suyas, lo que estaba soñando. Porque él dormía o eso era lo que parecía. Su rostro se mostraba serio, su frente fruncida, sus ojos apretados y su boca bien cerrada.

Recé en silencio por su salud y para que sintiera paz en su corazón. Recé hasta que mis buenos pensamientos fueron escuchados por mi creador.

Experimento una gran armonía cuando ésto sucede. Nada vuelve a ser igual. La luz se torna más intensa y el aire se vuelve fresco como si estuviéramos en el campo.

Era el momento de despertarlo.

Elvio… Elvio... – le susurré cerca de su oído y le acaricié su mano.

Elvio se sentó  en la cama, en un solo movimiento y con desesperación.

Me miró a los ojos, se me quedó mirando… hasta que la expresión de su rostro se relajó. No me conocía ni me recordaba, pero allí estaba, a su lado.

Soy Sinda… vine a visitarte… – y Elvio se abrazó a su almohada y lloró.

 

 

 

Sinda Miranda, Todos los Derechos Reservados